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lunes, 02 enero 2006

Ala, ¿cómo estás?

Autor: Carlos Patiño Rosselli

Si hay un vocablo característico del habla bogotana, este es ala; que tiene su variante diminutiva alita. En el estereotipo que existe en Colombia sobre el lenguaje capitalino, esta expresiva partícula ocupa, probablemente, el primer lugar. Sin embargo, su empleo no es exclusivo de Bogotá pues también se extiende al altiplano cundiboyacense.

Cuervo señaló que la palabrita aparece ya en el Cantar de Mío Cíd en el verso N°. 2351: "¡Ala, Pero Vermuez, el myo sobrino caro!", (Apuntaciones Críticas sobre el lenguaje bogotano). Menéndez Pidal, en el volumen II de su imponente obra sobre el Cantar, trae un breve estudio sobre ella, clasificándola como "interjección para llamar", equivalente a hola. Respecto a la etimología, opina que es "de origen desconocido" pero que en todo caso no tiene relación con el verbo halar. Posteriormente, autoridades como Corominas y García de Diego suponen, respectivamente, un origen como "voz de creación expresiva" y "onomatopeya" (en sus conocidos diccionarios etimológicos).

Las principales obras de la lexicografía española peninsular registran la interjección hala y le asignan un pequeño conjunto de valores semánticos. Así por ejemplo, según el diccionario de María Moliner hala se utiliza "para animar"; "para echar a alguien de un sitio"; "para mostrar fastidio"; y "para mostrar impresión por una cosa exagerada". El reciente repertorio de Manuel Seco, Olimpia Andrés y Gabino Ramos encabeza la lista de significados de nuestro vocablo señalando que "se emplea para exhortar o apremiar a alguien a hacer algo". Resulta, entonces, que los valores semánticos del hala peninsular -claramente interjectivos- son ajenos al empleo que tiene entre nosotros la partícula ala.

¿Qué ha sucedido para que se presente esta incisión en el comportamiento semántico de la voz que nos ocupa? No parece haber duda de que las variantes peninsular y colombiana representan históricamente (etimológicamente) la misma palabra. La discrepancia ortográfica relativa a la letra hache no incide en el meollo del asunto. Inclusive, si el origen de (h)ala es simplemente expresivo u onomatopéyico es más lógica la transcripción criolla (y coincide con la del Cantar).

Observemos algunos ejemplos del funcionamiento de ala en Bogotá:

-Ala, ¿me pasas la ensalada? –No, ala, si estoy muy ocupado.
-Lo que pasa, ala, es que no hay plata. –No puedo ir, ala.


Vemos que la función de la partícula es la de dirigir el enunciado hacia el interlocutor, a la manera de una 'forma de tratamiento' que, además, connota familiaridad, cercanía. Parece, pues, que en estas latitudes la antigua interjección ha cambiado de función y ha adoptado un valor 'alocutivo' semejante al che argentino, al vale venezolano y a expresiones colombianas como (her)mano, compa, llave, ñero, familia, etc.

Típico de estos elementos 'vocativos' es el no contraer relaciones sintácticas. Así, se los puede omitir de la frase sin que la estructura de ésta se modifique. Por otra parte, en términos del conocido esquema de funciones del lenguaje que fue propuesto por R. Jakobson constituyen un buen ejemplo de la que él llamó función 'fática' o sea la que sirve para avivar el contacto sicológico con el interlocutor.


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