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martes, 13 octubre 2009

Diez valores para enfrentar el sida

Autor: Ricardo Luque Núñez - Indetectable.org

Hay quienes predican que los mensajes preventivos en sida deben apuntar más a la formación en valores que a promocionar una herramienta de protección como lo es el condón.

Esto es claro para los programas preventivos y desde lo institucional nunca se propone el condón como un fin en sí mismo, —lo que aproximaría las campañas de prevención a las de las casas productoras de preservativos—, sino como un medio para la protección que se inserta en procesos más amplios de comunicación y de toma de decisiones que apunten con un sentido ético, a la búsqueda de lo bueno (la salud individual) y de lo justo (la salud pública) sin que en esto exista contradicción de términos.

Muchas veces se dice que hay que educar en valores, pero la propuesta queda un tanto corta si no se especifican cuales. Desde aquí se apuesta por los valores democráticos, que guían a las sociedades pluralistas y que respetan todos los credos. Proponemos entonces unos mínimos que pueden compartirse, independientemente del horizonte de comprensión moral.

Lo justo para quienes no tienen el vih es que se pongan en juego las estrategias para evitar que adquieran el virus.

RESPETO: Un principio fundamental para controlar el sida es el respeto por el ser humano y por su dignidad. Se respeta uno mismo y a la pareja. El respeto implica una mirada al otro como ser humano, independientemente de su estilo de vida o su sexualidad. Cada quien tiene su propia historia, su propia visión del mundo y tiene unos derechos que debemos respetar, alguien con quien vale la pena entenderse y con quien se puede llegar a acuerdos preventivos. Cada persona es un fin en sí misma y no simplemente un medio para la satisfacción o placer. Se debe otorgar y exigir respeto en las relaciones de pareja, en los procesos educativos, en la relación médico-paciente, en los medios de comunicación y en general en cada ámbito de la vida. ¡Respeto! Nada más, pero tampoco, nada menos.

SOLIDARIDAD: La solidaridad o fraternidad, implica capacidad de empatía, de ponerse en los zapatos del otro, de condolerse y compartir sentimientos. Es muy fácil ser solidario con las personas a quienes amamos, no así con los desconocidos. Por lo mismo, la solidaridad se da ante todo con los anónimos. La solidaridad humaniza, deja ver que quien la practica, comparte un profundo sentimiento de encuentro con el otro, de reconocimiento de la dignidad humana. Si del sida se trata, es vital dar un nuevo significado a la solidaridad: más allá de los sentimientos de compasión y el apoyo que sin duda merecen las personas afectadas por la epidemia, debemos solidarizarnos con quien está sano, con todos aquellos que aún no han adquirido la infección. Solidaridad de cuerpo social, de respeto y cuidado mutuo.

TOLERANCIA: Entendida como convivencia o tolerancia activa y no como tolerancia pasiva. Muchas veces se acepta a quien es diferente con resignación y conformismo, siempre y cuando no pretenda igualdad de derechos u oportunidades. En otras palabras: hay personas muy tolerantes con quienes están infectados o con sida, siempre y cuando no los tengan de vecinos o no estudien en el mismo colegio de sus hijos. La tolerancia reconoce unos derechos que son universales y obliga al cumplimiento de unos deberes para con el otro, así no se comparta su particular credo o estilo de vida. Históricamente, la intolerancia y marginalización que se dan hacia grupos minoritarios como los homosexuales, los drogadictos o las personas en situación de prostitución, reforzadas con el estigma del sida, han dificultado mucho la tarea preventiva. Si una persona teme ser sujeto de discriminación o rechazo como consecuencia de ser quien es, se excluirá de los procesos de prevención o asistencia médica. En consecuencia, la epidemia permanece oculta, mientras se desliza y crece por entre los intersticios del miedo y la exclusión.

DIÁLOGO: El diálogo como búsqueda de la verdad compartida, nos acerca a la comprensión y entendimiento de las diferencias, permite buscar una salida al conflicto y es condición clave para el acercamiento. Para prevenir el sida, siempre es bueno entrar a concertar, a dialogar con la pareja, pero también con quien nos va a hacer un tatuaje o un “piercing”, o con el médico que nos va a realizar una transfusión. Se necesita saber argumentar y saber cuáles son las mejores alternativas preventivas para cada caso en particular. Para el diálogo se requiere del reconocimiento del otro como igual, como “interlocutor válido”. Esto quiere decir como, alguien con quien vale la pena entenderse y con quien se puede llegar a acuerdos mutuos. Los acuerdos preventivos implican que cada cual quiere lo mejor, no sólo para sí mismo sino para el otro, que se buscará asumir un comportamiento que favorezca la salud y proteja la vida.

LIBERTAD: Capacidad que tenemos de decidir, de obrar con autonomía y fijar nuestros propios límites. Podemos optar por formas para protegernos del sida, por el curso de nuestras propias vidas. Libertad es la capacidad para forjarse el propio destino. Muy ligada al concepto de responsabilidad, la libertad no implica hacer todo lo que uno quiera, sino capacidad de responder por mis actuaciones. Solo se puede ser libre en la medida en que se respete la libertad de los demás. Frente al sida podemos optar por hablar o no con nuestra(s) pareja(s), por usar o no el condón, por realizarnos o no la prueba diagnóstica, por informarnos o continuar creyendo en mitos y estereotipos. Podemos ser solidarios o permanecer indiferentes. Cada decisión traerá sus propias consecuencias. Somos libres de valorarlas y escogerlas.

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